Las dietas para adelgazar
En los últimos veinte años, la prevalencia de la obesidad se ha triplicado, con independencia de la edad, el sexo, la etnia y el nivel social.
Aunque millones de personas intentan adelgazar, el peso de la población tiende a aumentar de forma constante. En la Unión Europea, la mitad de los adultos y uno de cada cinco niños tienen sobrepeso. De ellos, un tercio son claramente obesos y su número crece con rapidez.
Engordar no significa solo aumentar de peso, significa crear una desarmonía. El proceso de aumento del volumen corporal es a la vez un síntoma físico y psíquico, e implica un malestar general que se hace visible desde fuera mediante el cambio de forma.
La elección de los alimentos y la cantidad que decidimos tomar están ligadas a nuestros modelos alimentarios, a las costumbres culturales y ambientales, al valor que damos a la comida desde el punto de vista afectivo, emocional y cognitivo. Volcamos en la comida todo nuestro malestar existencial, proyectando en ella nuestra necesidad de amor, nuestro deseo de posesión y la compensación de nuestras frustraciones.
Para combatir el grave problema de la obesidad se han multiplicado las dietas propuestas por personas más o menos preparadas, que se difunden a través de la prensa, los libros y los medios de comunicación de forma indiscriminada y a menudo arriesgada para quien se adentra en este camino sin la preparación y la capacidad crítica necesarias para intuir los riesgos individuales, casi siempre ligados a la constitución de la persona que quiere ponerse a dieta. Antes de empezar una dieta es indispensable, de hecho, saber cómo funciona nuestro metabolismo y cuáles son los mecanismos fisiológicos que están detrás del aumento y la pérdida de peso. Hay una diferencia fundamental entre adelgazar y perder peso. De hecho, cuando se sigue una dieta poco equilibrada, más que adelgazar lo que se hace es perder peso: así son las dietas que permiten pérdidas de peso rápidas, que eliminan por completo o casi por completo la mayor parte de los farináceos. Esto provoca una deshidratación del organismo.
Una persona que sigue una dieta restrictiva es como si entrara en letargo, con todas las consecuencias que ello conlleva. Tras cada dieta restrictiva, el organismo tiende a volverse cada vez menos eficiente. Muchas personas, después de numerosos intentos de reducir su peso, se ven obligadas a comer muy poco porque, en cuanto comen apenas algo más del mínimo, tienden a recuperar kilos.
Por estos mecanismos, la pérdida de peso deberá ser lenta para actuar sobre la masa grasa y, al principio, se producirá una disminución mayor de los volúmenes que del peso.
Una intervención dietética es válida porque consigue activar el metabolismo individual para lograr una reducción estable del peso, y no por el número de kilos que hace perder.
Esto supone una revisión definitiva del propio estilo de comportamiento alimentario: no tanto comer menos como comer mejor, apostando por la regularidad de comidas lo bastante sustanciosas para no tener hambre entre una y otra, algo que implica una regulación óptima de la glucemia. Ayunar, saltarse comidas o comer de forma desordenada activa más rápidamente los mecanismos de defensa del peso, que tienden a mantener fijo nuestro set point, y echa por tierra los resultados de la dieta a largo plazo.